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Nuestro Viaje Chingón a CancúnUna Sinfonía de Sol, Sabor, Español Sanluisino y la Sorprendente, Espectacular y Cómica Ausencia de Cárteles

  • Writer: Frederick L Shelton
    Frederick L Shelton
  • Dec 14, 2025
  • 4 min read

Acabamos de regresar de Cancún y fue una de esas escapadas gloriosamente tontas donde todo salió bien, nada salió mal y los cárteles estuvieron tan desaparecidos que parecía que andaban de vacaciones en otro estado. Ni un sicario, ni una sombra, ni un chisme. Si los gringos paranoicos de Fox News nos hubieran seguido, habrían terminado tristes, tostados y tomando suero en la banqueta.


Como buen triple Tipo A, más de cinco días de vacaciones me provoca crisis existencial, así que viajamos con precisión militar. Salimos lunes. Regresamos viernes. El finde es sagrado: tenis, tacos y domar mi correo. Llegar a Cancún en lunes es estrategia maestra: menos raza, menos gasto y cero riesgo de morir aplastado por familias usando playeras de “Gómez Family Trip 2025”.


Viajamos de dos formas: o puro lujo exagerado o puro presupuesto bendito. No hay punto medio. Esta vez nos fuimos modo austeridad alegre. Nada de traje. Nada de Rolex. Nada de “su mayordomo trae su champaña, señor Shelton”. Cinco noches en un Airbnb de 160 dólares que también funcionaba como gimnasio clandestino, porque subir esas escaleras subía el VO2 máximo y la presión espiritual.


Tip potosino: Si vas por el camino barato en México, CONFIRMA el clima, CONFIRMA el cambio de toallas, CONFIRMA planta baja. Básicamente confirma todo menos tu estabilidad mental.


Y aquí es donde empieza la magia de México, versión San Luis Potosí. Apreciación, autenticidad y aventarte a hablar español aunque suenes como gringo recién salido del Duolingo. Eso cambia TODO. Cuando hablas con respeto, echas flores a la cultura y te avientas tus frases medio chuecas con ganas, la gente se abre, los precios bajan y las sonrisas sobran.Nuestros anfitriones nos trataron como primos lejanos regresando de la capital. Los puestos se rieron con nosotros. Los meseros nos recibieron con calor humano. Todo porque María habla bien bonito y yo hago mis esfuerzos fonéticos para no parecer el clásico gringo arrogante. Le dije a todo mundo cuánto amo México y eso, además de ser verdad, te multiplica el karma turístico.


¿La comida? Poesía potosina en versión playera. Tacos callejeros, ceviche celestial y una langosta asada de cuarenta dólares que destruyó todo el departamento de marketing de Maine. Pasta con jaiba en un lugar fifí italiano? Claro. Calorías de vacaciones no cuentan. Y aunque contaran, todo se quema caminando, nadando o sudando como potosino en abril.

Planeación: NINGUNA. Ni itinerario, ni lista, ni estrategia. Y aun así salió perfecto. El Tren Maya nos llevó a Tulum donde la “Clase Premium” era básicamente “Clase Estándar con autoestima alta”. El vagón “lujoso” vendía sándwiches embolsados y burritos de calidad “pues ya ni modo”. Pero Tulum… Tulum sí quita el aliento. Mis primeras ruinas. Mi primera pirámide. Mis primeros tacos de setenta dólares.Tip turístico potosino: come ANTES de entrar a cualquier lugar donde seas consumidor cautivo. Adentro empieza la versión financiera de Los Juegos del Hambre.


Isla Mujeres también estuvo con madre. Kayak, tirolesa, playas preciosas.

¿Mi parte favorita? Las lanchitas rápidas que vienen con un manual de reglas más estricto que la abuela potosina en misa: Mantente en fila. No zigzaguees. No brinques la estela. Naturalmente, obedecí todo a la ida… y rompí TODO de regreso. Zigueé con sabor. Zagueé con soltura. Brinqué las olas como si Poseidón me debiera lana. El guía me regañó llegando, pero un par de cientos de pesos hicieron milagros que ni San Charbel.


Y ahora, hablemos de La Gómez. Fuera de la zona turística. Restaurante precioso. Personal amable. Los MEJORES tacos de mariscos que he probado en mi vida - y viví años por toda la Baja. Estábamos felices… hasta que llegó un espécimen MAGA, clarito, como salido del zoológico de arrogancia americana. Carita roja, actitud tóxica, panza orgullosa. Se molestó porque la mesera no hablaba inglés perfecto, así que aplicó la técnica universal del gringo ignorante: EMPEZÓ A HABLAR MÁS FUERTE, como si el volumen fuera Google Translate.Yo usualmente ayudo a los paisanos lingüísticamente perdidos, pero este señor traía una vibra tan pesada que decidí dejar que el destino decidiera su suerte.

La mesera sonrió con esa paciencia legendaria mexicana. La vi ir con el chef. El chef lo vio. Yo lo vi. Y todos entendimos lo mismo: el señor estaba a segundos de recibir una salsa de saliva artesanal. No digo que pasó. Solo digo que el universo tiene puntería perfecta.


El último día nos soltamos como turistas sin vergüenza y compramos TODO. El cálculo cancunense es simple: entre más bonito el local, más feo el precio. Esos aretes de 250 dólares en el mall con clima? Cincuenta en el mercado. Mismas piedras. Mismo brillo. Diez por ciento del precio.Y cuando ves gente vendiendo en la banqueta, con niños dormidos junto a ellas, uno no regatea. Se paga lo que piden y punto. Y aún así nos daban mejor precio por hablar bonito, agradecer y no traer la vibra mamona del americano promedio.

Momento más bonito del viaje: darle cien pesos a una niña y decirle que era para su mamá. Los ojos se le hicieron enormes como si hubiera visto a Santa, a Spiderman y a Ángela Aguilar juntos. La mamá le dijo “dale gracias” y todos sonreímos.


El vuelo de regreso fue pan comido. Llegamos, serví un Scotch y vi mis resúmenes de americano como salvaje civilizado.


Cinco días en Cancún por menos que una noche en Las Vegas, elevados por pura apreciación potosina y mi español cada día menos chafa.

Perfecto.

 
 
 

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